ADIÓS A UN EMBLEMA-Noventa años de historia

AGUILAR DE CAMPOO, 23/03/2013(Fuente:www.diariopalentino.es)

La historia la escriben los pueblos, sin embargo, en muchas ocasiones hay espacios, lugares o edificios que se convierten en el soporte sobre el que quedan impresos el devenir y la evolución de las sociedades, sus características y las de los grupos humanos que las conforman. El patrimonio arquitectónico es uno de los primeros y más fundamentales instrumentos del conocimiento y la experiencia histórica y, a su vez, es un vehículo de integración social al tratarse de un legado del pasado en el que una comunidad se reconoce y con el que se identifica.

Buen ejemplo de ello podría ser la antigua fábrica de galletas Fontaneda, un inmueble por cuyos muros y paredes fluyen la historia y la esencia de la localidad de Aguilar de Campoo. Y es que, si sus techos y suelos pudieran hablar, no quedaría ni un sólo secreto por desvelar en la localidad, ya que por sus instalaciones han pasado múltiples generaciones de trabajadores que convirtieron a la factoría y, en general, a la industria galletera en uno de los más insignes emblemas de Aguilar y en el motor económico más importante de la Montaña Palentina.

Desde que Eugenio, Rafael y Aniano Fontaneda empezaran a edificar la nave y a producir la popular Galleta María de forma industrial, han pasado ya noventa años, pero parece que fue ayer cuando el olor a vainilla y a azúcar empezó a impregnar las calles de una localidad en la que, quien más y quien menos, dependía de la producción de estos dulces que salían por toneladas para alegrar los desayunos de grandes y pequeños por toda la geografía nacional.


Fontaneda

Imagen antigua de la fábrica de galletas "Fontaneda"

Porque, ¿quién no tiene una madre, un padre, un tío, una abuela o un primo en Aguilar que no haya trabajado en esta emblemática factoría? O ¿quién no ha hablado en alguna ocasión con un madrileño, un andaluz o un catalán que al oir nombrar ‘Aguilar’ ha dicho: ese no es el pueblo de las galletas? Y ¿quién no ha recordado con orgullo -y también con nostalgia- aquellos meses en los que la localidad se convirtió en el centro de atención de los medios de comunicación por el tesón y la firmeza con la que los vecinos salieron a la calle a defender una marca que, con el paso de los años, ya no era una marca sino la seña de identidad de toda una comarca?  

Han sido noventa años de éxitos y de fracasos, de remodelaciones y modernizaciones, de desencuentros, de luchas, de incertidumbres y de nuevas esperanzas, pero sobre todo, han sido noventa años de historia de una industria y de un pueblo que fueron afianzándose y consolidándose caminando siempre de la mano.

Por eso, esta imponente construcción situada a los pies de otros dos símbolos de Aguilar -el Castillo y Santa Cecilia-, que inspiró aquella inolvidable y pegadiza sintonía -Qué buenas son, las María Fontaneda-, ese edificio que renació de sus cenizas tras un incendio, que se convirtió en el más importante yacimiento de empleo para los hombres pero, sobre todo, para las mujeres de toda la comarca, ha sido siempre mucho más que una simple nave, ha sido siempre un símbolo, un emblema, un constructo social en el que se encierra y a través del cual queda representado el pasado, el presente y el futuro de toda una comunidad.

Lejos quedan ya los años en los que la fábrica llegó a emplear a casi 1.000 trabajadores. Sin embargo, la memoria permanece viva y muchos son lo que recuerdan con cariño una época en la que el edificio fue, además del centro de trabajo más importante de la villa, uno de los puntos más importantes de socialización de los vecinos de Aguilar.

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